Dejen a Simeone, no lo hagan estandarte

El muy exitoso ciclo que viene cumpliendo Diego Simeone como entrenador, encontró en esta última etapa en el Atlético de Madrid una peligrosa referencia: la de líder de una de las veredas. Entendemos que no por propia elección. Pero si es así puede declinarlo. ¿Cómo? Con acciones, sentando normas. Es su decisión…

El muy recordado caudillo de la Selección Nacional, comenzó como entrenador ganando muy rápidamente dos títulos en la Argentina (Estudiantes 2006 y River 2008). Su pasaje a España y destino último en el club donde fue ídolo como futbolista, el Atlético de Madrid, le permitió escribir una segunda historia allí muy rica en éxitos deportivos. Y nada menos que colarse como cuña en la solitaria disputa entre Barcelona y Real Madrid en la Liga Española. ¡Bah! Disputa decimos por cierto margen de competencia en algún momento ya que todos (y esos tres especialmente) juegan por lo mismo, algo que al final casi siempre ganan los catalanes.

Diego Simeone para muchos argentinos velozmente se convirtió en la bandera que debe volver a la Selección. Su llamativa evolución como entrenador, sus condiciones de líder conductor, su tesón (el mismo que lo distinguía cuando jugaba), su característica saliente de “ganador”, son el argumento contundente de quienes lo impulsan para ser el DT de la Selección. Y su imagen asociada al cuchillo entre los dientes, como símbolo de que siempre va a la guerra y que le podrán ganar pero lo sacarán muerto. No decimos lo que él expresa literalmente, aunque sí lo que él representa y lo hace sentir muy cómodo.

Que Simeone podría ser por muchas cosas un interesante entrenador de la Selección, no hay dudas. Si la Selección no tuviera entrenador, por supuesto, o ese puesto estuviera en licitación. Lo que no me parece demasiado evidente es que a la Selección le convenga un entrenador como Simeone. Por lo menos a la Selección Argentina, que más que títulos lo que necesita es redescubrirse como ejecutante de un estilo, un sistema, una idea.

Y paramos un párrafo. No queremos forzar en esto lo que algunos dicen que es la nuestra y otros aseguran que no existe o está enterrada. Un humilde equipo del Sur del GBA, sin estrellas y algún “jovato”, un día después de la partida de ajedrez con trebejos de oro entre Simeone y Zidane, se coronó con una lección de fútbol bien jugado y salió campeón en la Argentina: Lanús. Con matices, pero conceptualmente como jugó Lanús jugaban casi todos por acá, y por supuesto más claramente la Selección Nacional. Lo que en el fútbol argentino ahora son excepciones antes eran reglas.

Pero volvamos al Cholismo.

Simeone es mucho más interesante y rico como profesional que ese estereotipo que se empeña en hacer creer que es, y en el que muchos periodistas y público intentan sintetizarlo para convertirlo en estandarte de un fútbol que no tiene escritura de propiedad sino inquilinos, en todos los tiempos. Inquilinos notables algunos, pero meros buscadores en laboratorios de las fórmulas de “impedir”, nunca de crear.

Yo prefiero recordar al Diego Simeone jugador y ver a este entrenador que fue evolucionando desde que decidió pasar al otro lado de la línea, en Racing. Y luego fue construyendo una carrera muy variada, con éxitos pero con crecimiento, aquí y en Europa. Y seguramente lo seguirá haciendo ya que el techo no se observa y sólo lo limitará su capacidad y decisión por mejorar.

Simeone es un técnico estudioso (como Bielsa, Guardiola, Mourinho, Ranieri, Sampaoli, o miles más en el mundo). También es un técnico apasionado (como todos esos nombrados y muchísimos más). Como todos, quiere ganar como premisa y está muy bien, pero sufre exageradamente la derrota (sus declaraciones tras caer con el Real lo demuestran). El tema es que si sufre la derrota porque cree que es un fracaso, sabiendo que nadie puede conseguir siempre el éxito, corre el riesgo de caminar peligrosamente sobre la línea enfermiza de que el fin justique los medios.

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Simeone violento. (Imagen biobiochile.cl)

La pelota arrojada al campo ante Málaga por un alcanzapelotas cercano a él, para ensuciar el juego, o el golpe a su colaborador cuando iba a hacerse el cambio frente a Bayern Munich en la Champion, peligrosamente acerca a ese hombre al técnico obsesionado por la victoria que no se  puede controlar. Ensayando una exageración, tal vez todos los entrenadores de fútbol pueden ser el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. El tema es en qué momento asumen tales roles. Si cuando dirigen en la semana y durante los 90 minutos son el científico, es menos peligroso para el fútbol, para el juego, para ellos en su actividad. Luego, si en soledad son Hyde, los fantasmas afectarán solo a lo privado y el juego no será asesinado por la Bestia escondida. ¿Es injusta la figura? Posiblemente, pero si en todos los seres conviviera el bien y el mal, es factible jugar con los personajes de Robert Louis Stevenson.

No nos preocupa demasiado el estilo que Simeone le impone a sus equipos. La verdad es que estos juegan muy bien, pero jugando a algo que no nos entusiasma demasiado. Aunque hay que reconocer que son efectivos, muestran orden, empeño, mucho trabajo, virtudes tácticas y estratégicas. Eficiencia. ¿Quién no admira la eficiencia? Y siempre es interesante ver a un equipo de Simeone, por supuesto confrontando con otros como Barcelona o Bayern Munich. No así con Chelsea, Juventus, o este Real Madrid, tan efectivos como poco audaces. Aquéllos nos entretiene y éstos nos aburre.

No parece decisivo que Simeone haya justificado que muchos recuperaran las banderas de lo pro y lo anti (hay pocas calles sin dos veredas), en cuanto al juego, al fútbol y los estilos. El deberá acomodarse a los tiempos, los oportunismos de los demás y las debilidades o afirmaciones propias. El deberá acomodarse en este camino de aprendizaje que desarrolla  de manera muy intensa.

Lo que más nos preocupa es que Simeone se confunda y se estanque en esa colina con esa bandera que le están acercando. Y no siga avanzando, ya que parece que tiene con qué continuar creciendo, cambiando y evolucionando. Nos preocupa eso y que se dañe, que se corte por ese supuesto mandato de andar con el cuchillo entre los dientes.